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Raúl Ruiz y Colo-Colo

Lun, 04/29/2013 - 16:21

Por Juan Ignacio Rodríguez Medina

Al comienzo de Tres tristes tigres (1968), después del mensaje que anuncia que la copia que veremos pertenece al «Archivo de Cinemateca Chilena», Raúl Ruiz inserta el siguiente texto: “Esta modesta película está dedicada con todo respeto a don Joaquín Edwards Bello, a don Nicanor Parra y ―dice― al glorioso Club Deportivo Colo Colo”.

Tres tristes tigres es la historia de un trío ―Tito, un empleado que debe llevarle urgentemente unos papeles a su jefe; Amanda, hermana de Tito, bailarina y prostituta; y Lucho, un profesor de Angol― que se junta y comienza a errar de bar en bar, por el puro gusto de farrear, en esa lógica del “qué hora es, me tengo que ir; pero cómo te vas a ir, quédate un rato”.

¿Por qué un cineasta le dedica su obra al equipo más popular de Chile?

Colo Colo es la cultura

Que Ruiz le dedique la película a dos escritores (Edwards Bello y Parra), no llama tanto la atención. Especialmente si se considera que estamos frente a un realizador que se tenía a sí mismo por “un hombre de letras”. Menos sorprende si uno sabe que con su cine Ruiz quería dar testimonio de la cotidianidad chilena, de nuestro hablar y actuar, muchas veces absurdo. Ahí Edwards Bello y Parra calzan: el primero es un novelista, crítico y cronista de la sociedad chilena, autor de clásicos como El inútil y El roto. El segundo, un poeta, o antipoeta, rescatador del lenguaje cotidiano, que bajó a la poesía del Olimpo, autor de Poemas y antipoemas y Artefactos, entre otras obras. ¿Y Colo Colo? ¿Qué es Colo Colo? Ruiz nos da una pista: “La película ―dice― tiene la misma estructura de esos poemas iniciales de Parra, donde A encuentra a B, y así sucesivamente. Además, decir Nicanor y el Colo Colo es hablar de la formación de todo un lote, nosotros, los de los años sesenta. Era la cultura”.

Parra, entonces, era la cultura, también Colo Colo. La conclusión cae por si sola: Raúl Ruiz le dedica Tres tristes tigres a Colo Colo porque este “glorioso” club es la cultura. La institución ―la historia― fundada por David Arellano y los “rebeldes” de Magallanes es, sabemos, la más popular del deporte más popular. Ser la cultura sería, pues, ser popular, y esa, otra vez, sería la razón de la dedicatoria. Claro, de seguro Ruiz era hincha del Cacique ― eso sugiere otro dato: que en La recta provincia (otra obra de Ruiz) sea un pecado ser hincha de la U―, y eso también podría explicar la dedicatoria, pero no basta: si fuera la única razón, podría haberle dedicado la película a cualquier cosa de su agrado, a James Joyce o Borges, por ejemplo, que también eran escritores de su gusto. Pero lo hizo a esas dos personas (Edwards Bello y Parra) y a esa institución (Colo Colo), a nadie más. Y lo hizo por lo que representan, porque eso que representan ―la cultura, Chile― es lo que también quiere representar Tres tristes tigres: al país cotidiano, social, popular, con sus contradicciones y absurdos, sus “chuecuras”, su humor, su escepticismo, su alcoholismo. Tres tristes tigres indaga en los “modos y maneras de ser de Chile”. Un país diverso, donde todos somos distintos, pero parecidos, desde un cura hasta un ladrón.

En su obra, Ruiz quiere mostrar al “Chile permanente” (son sus palabras), que para él está “sobre todo en el folclor y en las historias que uno leyó en el colegio y que son distintas a las que existen en otros países. Este país existe y, más bien, insiste”, dice. Un país que, hay que suponer, es también Colo Colo. A condición, claro, de que nos tomemos en serio eso de que Colo Colo es Chile. Ruiz ―esta sería la respuesta a nuestra pregunta― le dedico la película a Colo Colo porque Colo Colo es Chile. El de los bares, el del hablar absurdo, el del cura y el ladrón. ¿El de hoy?

Me duele Chile

Para Ruiz, uno de los roles del cine es producir signos con los cuales se puede identificar toda una tribu. Tal vez haya que entender a Colo Colo como uno de esos signos. Signos que, según Ruiz, “le dan a la gente la convicción de que está viviendo en un lugar del mundo y no en otro”. Recordemos que, según el cineasta, “decir Nicanor y el Colo Colo es hablar de la formación de todo un lote, nosotros, los de los años sesenta”. Sin embargo ―dice en otro lado― “eso se murió hace mucho tiempo en Chile y no creo que vaya a existir nunca más”.

Para Ruiz, exiliado luego del golpe de Estado de 1973, el Chile de Tres tristes tigres ya no existía. Para él, el país que se incubó en los diecisiete años de dictadura y se consolidó gracias a la Concertación, era un “país intragable”. En 1988, cuando todavía no ocurría la consolidación, declaró: “Cada vez que vengo tengo una impresión distinta, más bien negativa. Es decir, lo que me impresiona es que el modelo económico se está instalando en la vida cotidiana. El otro día unos amigos me dijeron, en broma, que el himno ya no era más ‘Venceremos’, sino que era ‘Venderemos’. Es una especie de mentalidad comercial que se ha instalado en todos los niveles”. Y en 2003, cuando la consolidación ya era una realidad: “Chile es un país aislado, mezquino, pragmático, que yo detesto y amo, porque nací en él… Pero es profundamente odioso, sobre todo desde que se convirtió en el país más rico de Latinoamérica”.

¿No es hoy Colo Colo una representación de eso? ¿Un signo de nuestra tribu, del lote que somos los chilenos hoy? Tiene que serlo, si Colo Colo es Chile. El club, el “glorioso Club Deportivo Colo Colo”, era en la época de Ruiz, y lo es también ahora, un reflejo de nuestra historia. ¿Qué diría el cineasta del Colo Colo actual, al servicio de Blanco y Negro? Quizás lo mismo que dijo del país actual: “Y Chile se va desdibujando cada vez más. El hecho de que sea el país de América Latina de mayor eficacia capitalista, implica que es el país más abstracto y, por lo tanto, el más inexistente, si cabe emplear ese término (…) me duele Chile”.