Por @felipepiedra
Uno de los grandes anhelos que teníamos la mayoría de los que nos preciamos de ser colocolinos hasta la médula, era el regreso de uno de los más grandes defensores que han salido de nuestras filas y que, por su temprana salida al exterior, no alcanzó a realizar una campaña que lo ascendiera como un símbolo y referente del club. Mirábamos a Pablo Contreras triunfando en cada equipo en el que estuvo y convirtiéndose en un imperdible en una de las selecciones nacionales más importantes de los últimos veinte años en nuestro país.
Por lo mismo, cuando esto ocurrió y el hijo pródigo volvió a casa, resignando bastante dinero y con el discurso de ayudar a Colo Colo en este difícil momento, entregándose por la camiseta y coronando su carrera en el equipo, fuimos muchos los que celebramos y nos emocionamos de tener un defensor de nivel mundial para al fin afirmar nuestra alicaída estantería.
Contreras se convirtió, lógicamente, en titular indiscutido. Tuvo buenas y malas pero claramente era el más sólido que teníamos en defensa. Tuvo que lidiar con un sinnúmero de lesiones musculares y debió estar varias fechas afuera, por lo que no pudo demostrar a cabalidad lo que pesa como defensor. En el segundo semestre se transformó en el capitán y máximo referente en cancha, se preparó físicamente para evitar lesiones y comenzó a jugar un poco mejor, aunque aún con algunas fisuras.
Paralelamente, Colo Colo no encuentraba el rumbo futbolístico con Omar Labruna y Contreras es uno de los llamados a empujar el buque para sacar a flote a un equipo enfermo. Se le veía convencido, entregado al proyecto y con un encomiable sacrificio. A pesar del nivel demostrado, los hinchas (o la mayoría de nosotros) seguía con una fe ciega en lo que podía hacer nuestro flamante capitán, para que nuestro amado equipo al fin pudiera mostrar lo que significa llevar el indio en el pecho.
Con todo este peso sobre los hombros de hinchas, jugadores y cuerpo técnico, comenzaron a sucederse algunos hechos francamente lamentables. Los rumores de una jugosa oferta desde Grecia llenaban portales y diarios, en vísperas del partido ante Wanderers. El partido se desarrolló de manera normal y se vio a un Contreras ansioso, un poco lento y agresivo. Doble amarilla y una tarjeta roja de principiante, en el peor momento del equipo en cancha. El jugador abandonó la cancha, cedió su jineta y se fue raudo al vestuario, con un cúmulo de emociones absolutamente encontradas.
De todas formas, cuando la figura de Contreras apareció en los medios este lunes, negando cualquier posibilidad de partir y reafirmando su compromiso y su deuda con el equipo de sus amores, una sensación de alivio nos recorrió a todos quienes aún teníamos una fe ciega en este gran jugador. Esa era la actitud que estábamos esperando del referente máximo de este plantel.
Por lo mismo, la voltereta a lo Tomás González que se pegó hoy este jugador, anunciando que “el escenario cambió” (léase escenario=lucas) fue un golpe durísimo para quienes queremos y respetamos a los jugadores destacados nacidos en casa. Una sensación de amargura es la que se vive en el ambiente de los hinchas albos, al ver cómo sus referentes están cada vez menos identificados con la camiseta del popular, llegando al extremo de traicionar su propia palabra, empeñada hace apenas un día, con promesas de fidelidad de por medio.
¿Qué pretendía Pablo Contreras al prometer lealtad a Colo Colo, cuando ni siquiera tenía una decisión plenamente tomada? Podemos elucubrar un sinfín de hipótesis con respecto a qué proceso mental y sentimental le hizo tomar esta decisión final, pero es en vano. Simplemente la oferta subió y la platita pudo más. Tanto como para hacerlo volver a un país del que salió cascando debido a su insostenible realidad económica. Una decisión normal para cualquier mortal, pero inaceptable para alguien que se dice colocolino y que cobró 22 millones de pesos mensuales durante ocho meses para después, abandonar el buque a la primera.