Columna de Álvaro Campos Q.
Aquí, desde estas vacaciones involuntarias, la vida es más sana. Los sábados y los domingos son para dormir y de lunes a viernes lo que va creciendo, en vez de la ansiedad, es el entusiasmo de pasar tiempo con mi polola, viendo tele y comiendo algo rico.
Así, me imagino, es la vida para la gente normal. Días sensatos, días de reposo y tranquilidad. Son silenciosos los fines de semana. Se puede leer y uno no está atrasado para llegar a ninguna parte. Hay, como decía, un silencio. Donde el sonido o el ruido son mera decoración.
Echo de menos las voces. Pienso en ellas ahora.
Alguien te pide monedas. Siempre. Al llegar al metro, al bajarte de la micro, sin saber si eres o no del Colo. Cuando todavía va llegando la gente al estadio, los comentarios radiales ya calientan el ambiente llenando de espectacularidad el preámbulo de cada partido, sin importar qué tan cotidiano y aburrido sea. Me lleva a la infancia el relato radial y las menciones comerciales. En la radio del auto escucho la ADN. Mi viejo ponía la Cooperativa y yo imaginaba el partido mientras el medio dormía la siesta. A veces había un largo grito de gol y nos quedábamos mirando en ascuas porque todavía no se entendía qué equipo lo había marcado.
Vozarrones de mujer ofrecen banderas, gorros, bufandas. Hay viejos que parecen haber envejecido hace siglos que venden maní o café. La Garra Blanca tiene límites difusos. Nadie puede saber a ciencia cierta dónde termina su membresía, entonces es difícil saber si son garreros o no los que se van cantando en los vagones. Cuando el metro llega a Pedrero, se terminan de confundir los piños con la gente que va a los codos, a Cordillera o a Océano, y los ciudadanos tranquilos se atreven a cantar ya bajando las escaleras, que hacerlo aquí ya no es agresivo para los demás, sino solo una cálida expresión de ánimo.
Algunos se creen entrenadores, o lo son. Les gusta pararse casi a nivel del pasto, con los brazos cruzados, nerviosos. Gritan a los jugadores instrucciones como si las hubieran trabajado con ellos toda la semana. Otros se quedan rabiando y los insultan tercamente incluso cuando ganan, de puro cascarrabias que son.
Fue en el Monumental la primera vez que escuché a alguien terminar un alegato con la mágica palabra “hueono”. Que no es lo mismo que hueón, ni que ahueonao. Decir, que sé yo, “saca la tarjeta poh, hueono”, es otra cosa. Es algo único. Y con esa palabra, tan precisa, entramos ya en la veta del humor. Uno de los Indolatinos (el de rulos) estaba sentado unas filas más arriba. Colo Colo saldría campeón con el cabezazo de Vergara y pese a la joya con que Borghi cacheteó el empate. A los pocos minutos del primer tiempo, reclamando un fallo arbitral, el comediante grita: “¡Aaanda a asearte las glándulas mamarias!”. Todo el sector se rio a carcajadas. Cada vez que eso pasa, estoy seguro de que el que tira la talla siente que metió un golazo.
Párrafo aparte para la aterciopelada voz de Juan Benavides. Gracias a su histórico timbre, gracias a su “En el arco…” uno puede sentir que, pese a los buitres de la concesionaria, el estadio es el mismo. Te preguntarás cómo sé su nombre. De pura casualidad, pese a que es un tipo que debería firmar autógrafos. Colo Colo, jugando un excelente partido guiado por Chupete, quedó eliminado en los octavos de final de la Libertadores que fue nuestra alguna vez y para siempre. Era 2007 y elAmérica ya nos había hecho 3 en el Azteca. Pero al equipo hay que ir a apoyarlo igual y ahí estábamos con mi amigo Carlos, sacándonos fotos con el busto del Cacique, que en ese entonces todavía estaba en el hall de entrada. Un señor de pelo cano y hablar distinguido se acercó a ofrecernos tomarnos la foto, para que saliéramos ambos. Luego, él mismo se presentó. Nos dijo su nombre y lo que hacía. Accedió a posar junto a mí. Me ofreció llamarme por los parlantes del estadio, “pero no venga” me explicó más de lo necesario. Y así, mientras tratábamos de meter el primer gol luego dar vuelta la llave, sonó fuerte y claro que el señor Alvaro Campos Quiroga debía presentarse en la caseta. Un modesto gran orgullo. (No fui).
Estoy pensando en todo en el ruido, en los murmullos nerviosos de los que fuman, en los cantos de la hinchaday los reclamos de los más impacientes. En la alineación y los cambios y las instrucciones que se escuchan desde el banco. En los gritos que a veces llegan desde los mismos jugadores y en el éxtasis del gol que no sube desde la cancha hacia la tribuna, sino que nace en la tribuna y se queda ahí, porque ahí pertenece la alegría y la fiesta.
Cada fin de semana se va llenando de estas voces, miles de voces distintas, disonantes, desafinadas, que son una sola pero también es cada una. Colo Colo es eso: a eso nos referimos cuando decimos que somos Chile. Somos todos. Algún día, cada vez menos lejano, vamos a ser parte de un club donde todas esas voces sean oídas. Mientras tanto, habrá que soportar que las reuniones de socios sean un monumento a la exclusión y que nuestro equipo juegue castigado con público restringido. Son tiempos de silencios, pero no pueden durar para siempre, como tampoco pasa mucho de este tiempo muerto antes de que la pelota vuelva a rodar.