Por Álvaro Campos Q.
¿Fuiste al trueque? Puta que erís hueón, te lo perdiste. Que cómo estuvo, ¡bueno poh!, cómo iba a estar. Hubo juegos para niños, cerveza y terremotos para los grandes (terminó habiendo fernet con Coca-Cola cuando todo se terminó), camisetas, poleras, chapitas, afiches, postales, tazones, películas, entradas. Revistas, muchas revistas.
Me dan ganas de tomar una silla, ponerme cómodo, pedirle a todos que me dejen tranquilo un rato y que vayan a mi trabajo a dar las explicaciones necesarias. Quedarme ahí encerrado, solo, por un mes, leyendo cada una de esas revistas viejas, palabra por palabra. Son tantas que tal vez para el momento de cerrar la última ya tendría olvidada la primera que tomé. Empezaría de nuevo, gustoso.
Mientras hojeo incesante, noto que un viejo que aparenta 250 años reconoce las caras de las portadas de la Estadio. También noto que las Minuto90 de mi niñez ya tienen el mismo polvillo a viejo, que hablar de los ’90 o los ’70 no guarda mucha diferencia, es un mero tecnicismo.
Seba Olivares me reconoce de la básica. No lo conozco. Nunca antes habíamos hablado porque ni siquiera fuimos compañeros de curso. Se acordaba, sin embargo, de nombres y apellidos que no pensé que volvería a oír. “Es que tengo memoria fotográfica”, me explica. Deslumbrante. Luce orgulloso detrás de su stand donde, entre otras joyas, descansa la Estadio posterior a la primera final del ’73, previa a la revancha en Santiago.
Mi memoria no llega a su nivel, pero me basta para recordar las revistas que ya leí hace más de dos décadas. Recuerdo leerlas, por ejemplo, en el suelo de la casa del Cristián, después de que su papá llegara con La Nación bajo el brazo y le tirara la Triunfo que hablaba sobre campañas de Libertadores que terminaríamos por perder. Me acuerdo de los anuncios publicitarios. De las fotos.
No hay forma modesta de plantearlo, pero resulta que soy bastante bueno para el dibujo. Aprendí la figura humana -que a hartos dibujantes de mayor capacidad les cuesta más- con un juego ingenuo e infantil: pasar el lápiz por encima de los contornos de las fotos deportivas. Así me fui familiarizando con la musculatura de los muslos, con la forma en que se ubican los dedos de la mano, con el movimiento del cuerpo. Clases de anatomía humana que a los artistas de verdad se les da con bastante más dificultad.
Con el Cristián, y también con el azul Moyo y el rojo Gorgias, dibujábamos mucho fútbol. Todas las escenas. Hasta las barras bravas, persona por persona. Entiendo ahora que la afición a este deporte, de forma consciente o inconsciente, implica una apreciación estética bastante elevada. Una vez se lo leí a Nick Hornby, algo de que los jugadores de fútbol son atletas que se ven bien y que la belleza de sus plásticas maniobras es más evidente que en otros deportes en que el cuerpo se esconde tras uniformes ridículos o tiende a otros movimientos. También decía que cuando te jugai una pichanga con los amigotes y metís un gol de volea, salvo por la guata y la pelada, entrecerrando los ojos, te podís ver igualito a tus ídolos. Las voladas de los arqueros, las celebraciones, esa rara pose que adopta el cuerpo después de patear el tiro libre, todo es estético. La disputa de dos rivales por la pelota es una foto que dice mucho. Muéstrale a alguien que no cache nada de fútbol esa imagen inolvidable de la mediacancha en que los albos del 2006 comienzan a celebrar el penal de Aceval mientras en segundo plano se ve a los azules lamentarse: se entiende todo, es la tragedia humana en los rostros de vencedores y vencidos.
La revista Don Balón tenía a dos cracks. Pepe Alvújar y Andrés Piña. Terminé por reconocer y recordar estos nombres porque iban siempre debajo de fotos asombrosas que podían tomar dos páginas enteras. A veces el partido te lo contaban en una columna más bien breve, porque el título y la imagen te entregaban todo lo que necesitabas saber.
¿Cómo leen el fútbol hoy los niños? O mejor dicho ¿dónde irán a buscar las imágenes que ven hoy? Porque el objeto ya no existe. Lees por internet algo, como me estás leyendo a mí ahora, y no habrá feria de las pulgas del futuro con un chip que almacene el historial de navegación de tu vida. Para quienes estén casados con mujeres celosas y poco comprensivas, eso puede ser una bendición, pero para quienes comienzan a deslumbrarse con el verde césped, la blanca hinchada, el oscuro barro y los rayos de sol sobre las camisetas, es una gran pérdida.
Me doy cuenta de que lo que he estado haciendo es observar al niño que fui, mientras él vuelve a hojear las revistas que la quiosquera de la esquina solo le entregó tras leer la nota en que su mamá le dice que el Alvaro sí se ha portado bien esta semana. Llega la hora de que el niño deje de mirar la revista y se vaya a jugar. Llega la hora de que el adulto deje de mirar al niño y se vaya a atender el stand de la cerveza para que el evento siga su exitoso rumbo. El domingo a las 4 juega Colo Colo y se volverán a encontrar.