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EL dramático testimonio de Alberto Arellano de la muerte de su hermano David.

Lun, 05/02/2016 - 23:54
Por Alberto Arellano Moraga, fundador del club.
 
"A las 6.10 de la tarde, Linford me pide que vaya al hotel a buscar la venda de goma que usaba David cada vez que jugaba. Mientras tanto David no quería jugar y averiguó si algún reserva había llevado equipo, pero esa vez, tal vez la única, nadie llevó equipo, en vista de lo cual empezó a desvestirse.
 
A las 6.30, más o menos, empieza el partido. David elige en contra del viento y del sol. Le acompañaban en su última vez: Guerrero; Figueroa, Poirier; A. Arellano, Rosetti, González; Moreno, Muñoz, Subiabre y Olguín.
 
Empieza un juego duro, rapidísimo, Colo Colo por mantener su triunfo, Valladolid por recuperar su prestigio perdido el día anterior (6-2). Fue así como en la primera parte colocan dos goals los vallisoletanos.
 
La línea chilena empieza a presionar, avanza David, y Olguín, centrando este último y dando oportunidad a Subiabre para colocar el primer tanto. Continúa el juego, y a los 35 minutos cae David víctima de un rodillazo en el vientre que lo obligó a acurrucarse sin poder moverse más. Corrimos al centro de la cancha a levantarlo, pues él no lo pudo hacer, y al acercarme me dice: ¡¡Ay Alberto, parece que ya no me levantaré más!! Y así fue, desgraciadamente. Lo llevamos en peso a los camarines subterráneos y allí lo desvestimos como pudimos; como los dolores eran agudos y se quejaba tanto, optamos por llevarlo al hotel. Lo vio el Dr. Bustamante. Llegan los jugadores en el intermedio y en ese momento lo llevamos a un auto. Todo el trecho de la puerta de la caseta al auto, estaba lleno de gente, que al verlo decía: ¡Pobrecito! ¡Si es un verdadero cadáver! Y efectivamente, bien poco le faltaba. Llegados al hotel, con gran cuidado lo subimos a su cama. Ahora empezaron unos quejidos muy fuertes. Lo mantuvimos, mientras tanto, con compresas calientes que preparé en la pieza 37. Como se trataba de una hemorragia interna y ruptura del hígado, según estableció después el doctor, no producían efectos las compresas, siendo los dolores cada vez más terribles. Se telegrafió desde el hotel a varios doctores, citándolos urgentemente. Llegan los jugadores de vuelta del partido, y lo primero que preguntan es por David, que está peor.
 
Salen en busca de doctores Poirier y Bravo, por un lado, Sanhueza y otros por el otro. Llega por fin el doctor Iggea. Le examina la orina y la encuentra buena, el pulso marchaba con regularidad, la hernia no tenía la menor señal de golpe o herida y dijo después del examen que pronto calmarían los dolores; ordenó finalmente a un practicante hacer una nueva visita si no calmaban los dolores, pero en todo caso convendría una nueva inyección. Prometió estar listo en 4 o 5 horas, que tendría que ser decisiva. David, con cierta resistencia, y sin mucha fe, se dejó aplicar la inyección. Tuvo, desde casi el primer momento, la obsesión de la clínica para operarse. Como a los 5 minutos, en vista de un pequeño descenso que notó David, se marchó el practicante Arsenio Candelas. Cariola y otros muchachos que nos acompañaban, se retiran, pues creían como nosotros en una mejoría.
 
Como a la media hora empiezan nuevamente los dolores, más incisivos que antes. Pancho y yo, al lado de la cama oyéndole quejarse, sin poder ayudarle en nada, y a esperar las 4 o 5 horas que había dicho el doctor para la segunda inyección. El dolor era tan agudo que hasta impedía respirar y una transpiración helada le cubría la frente. No pudiendo resistir, me rogó que fuera nuevamente donde el doctor. Me acompañó el mozo del hotel. ¡Qué largo viaje! En la calle aún retumbaba en mis oídos el quejido largo de mi hermano.
 
Las calles desiertas. El sereno nos acompañó y abrió la puerta de la casa del doctor. Allí esperamos 20 minutos que me parecieron siglos. Ya en el hotel estaba el practicante. Subimos, se preparó la segunda inyección, que se le colocó casi inmediatamente. Se fueron ellos y otra vez quedamos los tres solos.
 
¡Con cuánta fe esperábamos el resultado! Fue igual que la primera vez. Después de la segunda inyección quedó semidormido tal vez unos tres minutos. Cuando abrió los ojos nos dijo: "Hermanitos, acabo de ver a mi mamacita que me decía que me estaba esperando".
 
No pudimos reprimir el llanto. Desde ese momento entró el convencimiento de que David se moriría. Y siempre con la obsesión de la clínica. "¡Alberto! ¿Por qué no me llevan a una clínica? ¡Estoy tan mal! ¡Si ustedes supieran qué dolor tan grande!" . Nosotros haciendo esfuerzos sobrehumanos, lo calmábamos y tratábamos en vano de consolarlo. "A todos los que han sufrido golpes iguales, le han durado más de una noche los dolores" , le decíamos.
 
Y así pasamos toda la noche. A cada momento abría sus ojos para mirarnos.
 
Como a las 3.30, con Moreno salimos en busca nuevamente del doctor. Lo esperamos en el salón y con una voluntad que eternamente le agradeceremos se muestra a disposición. Desde la subida de la escala ya sentimos los lamentos del hermano que tan pronto nos abandonaría. Lo examina, habla con él, y le prepara una nueva inyección. Se va el doctor, siente David un pasajero alivio, pero al poco rato vuelven los dolores.
 
"¡¡Qué noche tan terrible!!" ¡¡Qué dolores más brutales!! nos decía a cada rato. Empieza a clarear. David, dándose cuenta de la hora, me dice: "Alberto, ya es hora de que me lleven a la clínica! Avise a don Carlos para que me operen" . Salí de la pieza y entré nuevamente diciéndole que pronto iríamos. Lo engañamos todavía un tiempo más, con Pancho y Moreno, y cerca de las 5:30 salíamos con Cariola en busca de un médico y de la clínica. Conseguimos con el doctor Iggea una tarjeta para el doctor Morales, quien prometió ir a verlo a las 9, antes de ir a su cátedra en la Escuela de Medicina. David seguía más mal y apenas nos vio preguntó por la clínica. Le dijimos que vendría pronto el mejor facultativo de Valladolid y jefe de la Escuela de Medicina. David mostró algo de contrariedad. Al poco rato llega el doctor Cebrián, otro de los buenos médicos. Ya estaban en la pieza algunos estudiantes de Medicina. Entra, lo examina, le deja algunas indicaciones a los estudiantes y en el hall del hotel habla a Cariola para decirle: "¡Es caso perdido! ¡Hay que esperar solo algunas horas para el desenlace final! No hay remedio" .
Al oír estas palabras perdí el conocimiento. No recuerdo nada de lo que sucedió antes de las 12. Me dicen que vino el doctor Morales, que examinó a David, y dijo: "Si hay alguna reacción al pulso, que se encuentra muy débil, lo operaré a las 3 de la tarde ".
La señora Cariola, haciendo las veces de verdadera madre, cuidó todo ese día a David.
 
¡Qué largo trecho hasta las 3 de la tarde! Las inyecciones de suero aplicadas por el doctor Morales le adormecieron, pues sus quejidos eran más débiles.
 
"Alberto, ¿pero estos doctores a qué hora me van a operar?" decía. Al poco rato contestó: "Hasta cuándo van a estudiar conmigo estos estudiantes de medicina?" Sus frases nos llenaban de amargura, que únicamente el llanto disimulado podía mitigar. Volvió después a decir: "En cuanto me mejore nos iremos, ¿no es verdad?".
 
A las 2.30 ya casi no tenía pulso. Llegó el doctor, tuvo hasta las 3, la hora terrible para todos. Llegó el doctor Morales, le acompañaron sus estudiantes, se le sometió a un nuevo examen, y el doctor, sumamente emocionado nos avisa que es imposible operarlo, por cuanto el pulso se hizo más débil.
 
Durante el examen, David preguntó: "Diga doctor, ¿sufriré mucho durante la operación" "La anestesia le adormecerá y no sentirá nada" , le contestó piadosamente.
 
A la salida de la pieza encontré a Saavedra afirmado en una muralla y llorando fuerte. ¡Todos aturdidos!
 
González aún no perdía la esperanza de una mejoría. Yo la había perdido hace tiempo. Tengo desde esa hora fatal, hasta la de su muerte, una idea confusa; recuerdo que la señora Ida le daba a menudo café con hielo en un algodón. Recuerdo que Subiabre dijo: ¡Davicito te noto mejor! ¡Te vas a mejorar pronto! ". "No chatit o, estoy muy mal!" , le contestó. Siempre hasta última hora conservó su amabilidad.
 
Lo que vino después fue una pesadilla: llega el confesor, cumple con sus oficios religiosos, luego va en busca de la extremaunción. Mientras, grupos de señoras del hotel y muchachos del club hincados, llenaban la pieza. Vuelve el sacerdote, habla con él otra vez. David comulga y recibe los sacramentos con una conformidad de santo. Después se retiran todos y quedamos los tres en la pieza. Nos hace los últimos encargos: "¡¡Cuiden a mi mamá!! ¡¡Que sepa poco de esta desgracia!!"
 
Luego entraron todos y se despidió también de los muchachos del equipo. ¡Qué dolor tan grande vivido en esos momentos!
Por fin dijo: " ¡¡Adiós mamá!!", volvió la cabeza al lado derecho y murió sin una mueca, sin una agonía, sin un quejido.
 
Pancho, abrazado a él en esos instantes supremos, le pasó la mano por la vista, ya no había movimiento alguno, no cerraba los ojos.
Después supimos que los muchachos habían velado el cadáver. Rosetti y Poirier lo acompañaron toda la noche.
 
Al día siguiente lo trasladaron a la Escuela de Medicina, le hicieron la autopsia y a las 6.30 se efectuaron los funerales que fueron, como nunca, conmovedores y grandiosos.
 
Día de sol, las flores y claveles de su tumba. Una oración, muchas lágrimas y un adiós eterno fue nuestra despedida. Luego, después de un día confuso, vago, a las 4 se despidieron de nosotros los muchachos que partían a Valencia a cumplir compromisos deportivos. Otros españoles que nos acompañaban decían: "¡Cuidaremos de él más que de los nuestros! Rezaremos por el descanso de su alma. Velaremos sus restos hasta que ustedes. determinen su traslado" .
 
Así fue la despedida de Valladolid, en donde dejábamos la alegría de la casa, el más cariñoso y jovial de los hermanos y el más decidido defensor del Colo Colo en esta gira que para nosotros terminó en forma trágica"